Blindheit: clarity is overrated

Earliest memories, sleepwalking after the wreck, last memories before twilight, waking prayers, crepuscular ghosts in the vast stormings exiles, heraclitean fire in the dusk, instants of faith, primitive coldness after happiness, ( ), lazer guided melodies: brief steps into the breeze.

sábado, diciembre 08, 2007

El pasado jueves yo tenía un día tenso en la oficina. Tenía decenas de datelines que cumplir antes de las 4 de la tarde. Ese día me levanté a las 4: 30 de la mañana para tener todo listo y estar en la oficina lo más temprano posible. Así fue. A las 7 y cinco de la mañana ya me encontraba trabajando y con el aroma de un buen café. Y de pronto todo se detuvo: alrededor de las 7:30 de la mañana recibí la llamada de Argel para darme la noticia: nuestro maestro Colin White había muerto. Después de enterarme no supe qué pensar. Para aquellos que tuvieron la suerte de tomar clases con él saben que Colin no sólo era un maestro, sino un verdadero mapa.

Cuando alguien se asoma a mi oficina, sin tomar en cuenta la zona de desastre que tengo cartas y faxes, lo primero que ve es el cuadro The Lady of Shalott de Waterhouse. ¿Por qué? Por Colin White, así de simple: decidí poner ese cuadro hace meses en la oficina para recordarme la primera clase que tomé con él. Por causas que no vale la pena explicar, yo me encontraba de oyente en muchas clases de la Facultad y quise conocer a ese maestro que tenía la fama de ser severo e inclemente con sus alumnos. Me aventuré a pedirle permiso para entrar como oyente a su clase: ¿Para qué? me contestó. No supe que responderle. No me esperaba que un maestro me gritara de esa manera y me intimidó de inmediato. Creo que mi silencio lo desesperó y me invitó a pasar no muy convencido. Era una clase en la tarde y en el grupo estaba, lo recuerdo claramente, el ahora Doctor, Gabriel Linares. El poeta a estudiar era Tennyson y Colin le dio vida al poema The Lady of Shalott. Yo ni antología tenía. No me quedó más remedio que aferrarme a los versos que salían de la voz de Colin. Sobra decir que no entendí el poema, sobra decir que Colin me impresionó por su manera de hacer estremecer por medio de versos que él sabía de memoria desde siempre. Al final de esa clase me dí cuenta de dos cosas: yo no estaba listo para tomar clases con él y que él era el maestro.

Tardé tres meses en volver a entrar a otra clase de Colin. Ahora si, yo estaba inscrito como alumno regular. Era finales de 1992, ¿o 93? En esa clase, Romanticismo, conocí a algunos de mis mejores amigos y Colin, como siempre, tejía su sabiduría sarcástica con toda la poesía inglesa. Yo, hasta ahora y creo que nadie que haya tomado clase con él, no puedo leer a Keats sin su voz en mi memoria. Si leo Yeats, recuerdo aquella lectura que dio Colin en el salón de Actos de la Facultad de Filosofía sólo para leerlo ante la dicha de todos nosotros. En ese primer curso me di cuenta, una vez más, de otro hecho. Nadie estaba listo para tomar clase con Colin. Porque Mr. White sorprendía cada clase: él sabía todo, desde Beowulf, ahora tan de moda sólo para impresionar a la generación Facebook, hasta...

Después vino la cercanía. Colin tuvo momentos memorables para mi: en su casa, en la cafetería de la Facultad o en la Tasca. Hace muchos años, cuando empecé mi proyecto de maestría con él, la poesía de Gerard Manley Hopkins lo llevo a hablarme del poeta mexicano que más disfrutaba: Salvador Díaz Mirón y durante un par de horas Colin me dio una clase sobre la métrica del poemario "Lascas" de Mirón. No hubo interrupción alguna y me recitó un par de poemas de memoria para comprobarme todo lo que me decía. Colin era generosidad fervorosa.

Todo eso me vino a la memoria cuando me paré de mi escritorio para contemplar el cuadro de Waterhouse. Guardé silencio. Quité el disco de Sylvian que yo estaba escuchado en ese momento y supe que lo iba a extrañar profundamente. El día transcurrió en silencio. Me dolía el alma y trabajé en automático. Estaba feliz de haberlo conocido, de haber tomado tantos cursos con él y de saber que mi amor por la poesía inglesa nació de él. Recordé que muchos compañeros de mi generación de la Universidad (inicialmente yo entré en el turno de la mañana) jamás tomaron clase con él (y se jactaban de haberlo esquivado como un mal golpe) Pobres. No sabían lo que hacían. Cuando decidí cambiarme al turno de la tarde todo me sonrió: conocí a mis mejores amigos que compartirían clases memorables bajo el cobijo de Colin.

El jueves en la noche vi a amigos que les había perdido la pista por años. Todos unidos por el deseo de acompañar a Colin por última vez. Todos, al vernos, nos saludábamos con un abrazo muy fuerte: sin palabras. Algunos poemas lo acompañaban en féretro: esos poemas que tanto nos había enseñado ahora lo cobijaban. Salí de la funeraria poco después de la medianoche y caminé hacia mi casa. Todavía estaba sin palabras.

Fue justo ayer cuando todo cambió. Al bañarme empecé a llorar inconsolablemente. Amanecí con la certeza de que Colin ya no estaba en el mundo. Que su voz jamás sería escuchada. Que jamás volveríamos a hablar de San Juan de la Cruz o de barcos. Que ya no volvería a probar su Christmas pudding. Que ya no se burlaría de algunas de mis corbatas. No tuve más remedio que trabajar, que ir a la oficina y tragarme mi tristeza. Pero justo al entrar a la oficina, el cuadro de Waterhouse me obligó a recordar que la vida es inapelable. Cerré mi oficina para no hablar absolutamente con nadie, sólo lo necesario. Fue en la tarde cuando me enteré que la velación duraría hasta hoy a las nueve de la mañana. Sentí la necesidad de presentarme otra vez, como una despedida sencilla. El féretro estaba ahí una vez más ante mí, ahora con una hermosa foto de Colin en un salón de la Facultad y con su emblemática pipa. Pude ver con mayor calma los poemas que le habían colocado a modo de homenaje: poemas de Auden, Eliot, Herbert, y de pronto Hilda empezó a leer en voz alta Tintern Abbey: justo entonces pude ver una copia de ese poema de Wordsworth que alguien le había colocado a Colin. Seguí con los ojos la lectura de Hilda hasta que a ella se le quebró la voz: yo seguí mi lectura del poema en un modo de murmullo y cuando llegué a los versos:

...the breath of this corporeal frame
And even the motion of our human blood


...ya no pude seguir. Ya no tenía fuerzas. Todas mis lágrimas acumuladas salieron. Mi maestro desde hace más de diez años estaba ahí después de habernos dado tanto.

Salí a la 1:30 de la madrugada. El frío de la ciudad era intenso. Al caminar del regreso a mi casa todo era más claro: Colin White llegó a la vida de todos para trastocarnos benignamente y se fue sin perder su estilo.

Hoy estoy inconsolable.

  • posted by Evelio @ sábado, diciembre 08, 2007

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